
Me acuerdo de mi primera bicicleta, me la regalaron bastante chico una noche de navidad… no estaban de moda aun las mountainbike y lo más parecido a algo top eran las pisteras o las bicicross.
Pero cómo yo era muy chico aun, y debido al pésimo gusto de mi viejo que es lo menos extremo que existe en la tierra, mi primera bici fue un armatoste verde de paseo con un gigantesco fierro central que se podía extender…lo que me condenaba a ocuparla por largos años ya que la bicicleta se hacía, literalmente, más larga y me acompañaba en mi evolución (?).
El armatoste ese, al que no recuerdo con excesivo cariño, tenía todo lo que un nerd standard puede soñar: una parrilla para transportar cosas que nunca llevé, un gran timbre para avisarles a los peatones que corrieran por su vida pues, obviamente, andaba por la vereda y no por la calle porque mi padre lo consideraba demasiado extremo.
Tenía unos preciosos flecos de plástico a los costados del manubrio de una gama de colores que aun no soy capaz de describir ni diferenciar y que eliminé incluso antes de la primera salida en lo que deben ser los primeros atisbos de mi vida del “miedo al qué dirán”.
Me acuerdo que lo traumático de esto no fue la bicicleta en si, si no que traía a sus costados unas grandes ruedas que ayudaban a mantener el equilibrio.
Por ese entonces, estaba en casa mi tío Eduardo, el que sí era más extremo, y prevaleció su opinión de que “esas ruedas laterales no servían para nada y que tenía que aprender a andar de una sin mayor ayuda”.
Gracias tío por tu aporte.
Por ende nunca hubo en mi bicicleta “rueditas chiquititas”, el mamotreto verde fue flagelado esa misma noche navideña con ayuda de un destornillador y perdió sus amigables apéndices dejando desnuda su rueda trasera, de rayos también verdes.
Cómo mi casa tiene un patio bastante grande, mis primeros acercamientos (al suelo) a “tratar de andar en bicicleta” fueron dentro de la casa…siempre es mejor caer sobre tierra que sobre la vereda de cemento. Sin mencionar también que caería en un digno anonimato.
Mis dos primeras caídas me marcaron para siempre y hasta el día de hoy las recuerdo.
El problema es que mi patio siempre ha tenido bastantes plantas…y también ese sector destinado a puros rosales, imanes para “aprendices de andar en bicicleta”…mi primera caída fue justamente entre ellos, creo que no lloré de la pura vergüenza de lo ridículo de la situación…en el tremendo patio y voy y me caigo justo entremedio de todos los rosales, es como la imagen esa del auto chocado en el desierto contra la única palmera que hay.
En mi segunda caída fui a dar con la cabeza en el plato del perro, por supuesto en esa época no había dokos ni nada parecido, la perra (Jasper, una pastora alemán más grande que yo) comía preparados caseros bastante asquerosos que consistían más que cualquier cosa en sobras de lo que comíamos nosotros mezcladas en cazuelas descomunales.
Reventé literalmente el plato plástico con la cabeza…y bueno, supongo que siempre he sido un cabeza dura.
Lo que hizo acordarme de estas historias hoy era la capacidad que demostraba ante la adversidad en esa época, como seguía luchando a pesar de las “caídas”, quizá era que nadie me veía y sólo era un reto conmigo mismo, la capacidad de superar y lograr las metas que me proponía.
Y bueno. Ahora quiero descubrir si eso sigue igual.
Finalmente aprendí a andar en bici, hasta sin manos…jajajaja. Y el famoso esperpento verde desde ahí me acompaño en varias historias divertidas, pues por supuesto siempre me pase por la raja la recomendación de mi poco extremo padre de no alejarme más que una cuadra de la casa.
Ah!!! Y la bicicleta verde la ocupe tanto tiempo que ya había extendido el fierro que le permitía ampliarse al máximo de su capacidad, por lo que una vez pasando frente a un paradero de micros la huevada colapsó y me fui de poto al suelo todavía con el manubrio entre las manos.
La gente se rió demasiado, pero a esa altura ya no le temía tanto al ridículo. Supongo que eso también que lo aprendí paseándome con la famosa bicicleta.
Pero cómo yo era muy chico aun, y debido al pésimo gusto de mi viejo que es lo menos extremo que existe en la tierra, mi primera bici fue un armatoste verde de paseo con un gigantesco fierro central que se podía extender…lo que me condenaba a ocuparla por largos años ya que la bicicleta se hacía, literalmente, más larga y me acompañaba en mi evolución (?).
El armatoste ese, al que no recuerdo con excesivo cariño, tenía todo lo que un nerd standard puede soñar: una parrilla para transportar cosas que nunca llevé, un gran timbre para avisarles a los peatones que corrieran por su vida pues, obviamente, andaba por la vereda y no por la calle porque mi padre lo consideraba demasiado extremo.
Tenía unos preciosos flecos de plástico a los costados del manubrio de una gama de colores que aun no soy capaz de describir ni diferenciar y que eliminé incluso antes de la primera salida en lo que deben ser los primeros atisbos de mi vida del “miedo al qué dirán”.
Me acuerdo que lo traumático de esto no fue la bicicleta en si, si no que traía a sus costados unas grandes ruedas que ayudaban a mantener el equilibrio.
Por ese entonces, estaba en casa mi tío Eduardo, el que sí era más extremo, y prevaleció su opinión de que “esas ruedas laterales no servían para nada y que tenía que aprender a andar de una sin mayor ayuda”.
Gracias tío por tu aporte.
Por ende nunca hubo en mi bicicleta “rueditas chiquititas”, el mamotreto verde fue flagelado esa misma noche navideña con ayuda de un destornillador y perdió sus amigables apéndices dejando desnuda su rueda trasera, de rayos también verdes.
Cómo mi casa tiene un patio bastante grande, mis primeros acercamientos (al suelo) a “tratar de andar en bicicleta” fueron dentro de la casa…siempre es mejor caer sobre tierra que sobre la vereda de cemento. Sin mencionar también que caería en un digno anonimato.
Mis dos primeras caídas me marcaron para siempre y hasta el día de hoy las recuerdo.
El problema es que mi patio siempre ha tenido bastantes plantas…y también ese sector destinado a puros rosales, imanes para “aprendices de andar en bicicleta”…mi primera caída fue justamente entre ellos, creo que no lloré de la pura vergüenza de lo ridículo de la situación…en el tremendo patio y voy y me caigo justo entremedio de todos los rosales, es como la imagen esa del auto chocado en el desierto contra la única palmera que hay.
En mi segunda caída fui a dar con la cabeza en el plato del perro, por supuesto en esa época no había dokos ni nada parecido, la perra (Jasper, una pastora alemán más grande que yo) comía preparados caseros bastante asquerosos que consistían más que cualquier cosa en sobras de lo que comíamos nosotros mezcladas en cazuelas descomunales.
Reventé literalmente el plato plástico con la cabeza…y bueno, supongo que siempre he sido un cabeza dura.
Lo que hizo acordarme de estas historias hoy era la capacidad que demostraba ante la adversidad en esa época, como seguía luchando a pesar de las “caídas”, quizá era que nadie me veía y sólo era un reto conmigo mismo, la capacidad de superar y lograr las metas que me proponía.
Y bueno. Ahora quiero descubrir si eso sigue igual.
Finalmente aprendí a andar en bici, hasta sin manos…jajajaja. Y el famoso esperpento verde desde ahí me acompaño en varias historias divertidas, pues por supuesto siempre me pase por la raja la recomendación de mi poco extremo padre de no alejarme más que una cuadra de la casa.
Ah!!! Y la bicicleta verde la ocupe tanto tiempo que ya había extendido el fierro que le permitía ampliarse al máximo de su capacidad, por lo que una vez pasando frente a un paradero de micros la huevada colapsó y me fui de poto al suelo todavía con el manubrio entre las manos.
La gente se rió demasiado, pero a esa altura ya no le temía tanto al ridículo. Supongo que eso también que lo aprendí paseándome con la famosa bicicleta.


3 comentarios:
me gusto tu historia de bicicleta, y me hiciste acordar de una que yo teni, era super fea, me la habia "heredado" un primo asiq ya tenia sus propias historias, era una bici azul, sin adornos ni nada, incluso me acuerdo que tenia los frenos en los pedales y no en el manubrio como el comun de las bicis....pero igual lo pase bien en esa kga fea jajajaja..
atomikoz!!!
Ja...ciertamente este espacio es algo más parecido al tú que a veces te sale y que es mucho más agradable (no digo que el otro tú sea tan atroz, pero ciertamente este se agradece..;D)
Espero te demuestres nuevamente tu capacidad de lucha y tu puesta en pié...aunque al resto le parezca ínfimo y hasta obvio lograr ciertas weas...sólo uno sabe la mierda que lleva encima y lo que pesa...y sólo la satisfacción propia es la que se siente al final.
Cuidate mucho.
Desde Perú con cariño.
Buena historia...me cagué de la risa, ta bien que te salga el escritor que llevai adentro (por que el cuentero lo has llevado a flor de piel siempre), un abrazo hermano, estamos al habla.
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