sábado, 15 de febrero de 2014

Kintsugi


   El día de ayer, un día en que el “(fuckin’) love was in the air” obviamente dio para análisis personales.
  
  El primero fue qué, por primera vez desde el 2002 lo pasé “solo”. Técnicamente ese año estaba pololeando con una niña X que andaba de vacaciones para la fecha, peeeeero que me pateó el primer día de vuelta de su viaje…pero esa es otra historia.

   El tema es que, rememorando, lo cuento como el último día de “Sin Valentín” que había pasado hasta este.

   El otro análisis fue que, a pesar de que al momento de estar emparejado siempre viví el discurso de “fecha de mierda comercial” o el también usado “yo te amo todos los días del año”…esa era una opción propia de “no celebración” (todos lo sabemos: igual era infaltable la rosa o el chocolatito para salir del paso) al momento de estar solo igual te huevea la psique la fechita de mierda.

  No sé si va más por uno o todo ese amor empalagoso que anda en el ambiente y que, al igual que la farándula que bombardea mediáticamente todas las portadas de los diarios de los quioscos que ves, hace imposible abstraerse del tema aunque quieras hacerlo con todas tus fuerzas.

  El asunto es que, habiendo pasado ya algunas etapas ineludibles como la autodestrucción y la, más reciente, destrucción: el sufrir el mal y también realizarlo, me pregunto cuanto he avanzado en el camino y si, en algún momento, este camino tiene fin.

   En otras palabras si mi yo roto alguna vez se va a reparar.

   Para que estamos con cosas, yo creo que sí. Pero resulta que estos días como los de ayer hacen que ese punto se vea más lejano.
   
   Bajo el mismo concepto el otro día me topé con el arte milenario del kintsugi (“carpintería del oro”) , el arte japonés de reparar con resina y polvo de oro una pieza rota, otorgándole más valor por este hecho que el que tenía originalmente.
   El concepto me pareció maravilloso: algo que se rompe y que mediante la técnica adecuada, vuelve a ser funcional y no sólo eso, si no que más bello y apreciado.
   Algo sacado de una cultura y un tiempo en que lo que se rompía no era desechado, si no reparado. Un tiempo en que no todo era pasajero y lo que tenías era tan preciado que debías ingeniártelas para poder mantenerlo o repararlo en caso de que se “echara a perder”.
    Pero, por sobre todo, el hecho de que el "haberse roto" no implique un obstáculo, si no una oportunidad para volverse mejor.

   ¿Existirá esa técnica para el alma humana?

   Supongo que sí, pero es tan compleja que no puede ser estandarizada ni secuenciada de manera alguna.

   Somos tan distintos que el camino debe ser hecho y recorrido al mismo tiempo por cada uno.

   La duda que me llegó en el dichoso día de ayer es ¿lleva mi camino a ser una pieza de kintsugi?

   Me parece que últimamente no.

   Pero creo que también de los errores se aprende y que, en la mayoría de los casos, teniendo el tiempo suficiente, todos los caminos pueden ser desandados y enmendados.

   Quizá sea ese el factor clave: el tiempo.

   Porque en este caso, obviamente, no todos los caminos conducen a Roma.
   Y Roma me parece un buen destino. 
   Por lo menos, en este momento, mucho mejor que Paris...la (fuckin´) ciudad del amor.

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